-Crítica Teatral.-
Vista: 20-Junio-2013.- Sala Marechal- Teatro Municipal 1° de Mayo.
-Un Dios dividido.-
“Me preguntaron si estaría dispuesto a morir por mi Dios. Y no supe que
contestar. Me dio vergüenza decir que no, aunque tampoco soportaría el
martirio. Entonces decidí callar. Como todo cobarde me propuse huir. Y cuanto
menos lo esperé me encontré atrapado en la quietud de un páramo que no supe
distinguir en que plano de la existencia sucedía. ¿Estaba todo en mi cabeza?
¿Estaba en algún lugar terrestre? Todas esas imágenes viniendo hacia mí. Todas
esas personas retumbando en mi oído. Y mi Dios anhelante, pidiéndome que lo
invoque. Entonces se me posee el cuerpo. Él se me sale por los poros. Lo retengo. Lo grito a voces. Lo suprimo. Soy
todo suyo. No me muevo para que se vaya rápido. Y ese Dios que me habita hasta
la fibra más íntima me pregunta <<
¿serías capaz de morir por mí?>> Instintivamente le digo que sí. Acto
seguido muero. Soy un hombre quieto. Él me revive. Vuelvo a ese no lugar del
que nunca me moví.”
La metáfora de la muerte como ese “no lugar”, “no tiempo”, “no
existencia” al que todo ser humano llega
pero que paradójicamente nadie conoce, y en el que todos los mundos pueden
existir a la vez (como en los sueños) se convierte en el resorte principal que
actúa constantemente en todos los niveles de la obra, desde el texto dramático
hasta la puesta en escena.
La espacialidad como dispositivo fundamental sobre el que se
piensan los lenguajes escénicos (luces, sonido, escenografía, vestuario) y el
trabajo actoral, es tratado estéticamente a partir de líneas de fuga, de fuerza
y perspectiva, cual lienzo que es ideado con detenimiento en cuanto a cada uno
de los objetos que se desea disponer en su composición, dándoles así una
potencialidad e imaginando todas las combinaciones posibles entre ellos,
buscando siempre la más eficaz.
Dicho de otra forma, se piensan todos los recursos escénicos
en función de generar la mayor cantidad de combinaciones de movimientos posibles que determinan el
avance textual, situacional, relacional de los personajes. El resultado es una
obra que deviene en diversos relatos con una consecución lineal pero que suceden
en varios planos al mismo tiempo.
Un ejemplo de esto sería: Luces quemando la escena en un blanco acético. Los estertores de las
turbinas de un avión llegan graves de alguna parte del espacio. Superpoblación.
Comienzan moviéndose, cada quien a su tiempo y su dinámica; reconocen así la
espacialidad. De a dos, tres, seis, ocho, todos. Descubren todos los planos de
acción posibles. Uno se mueve con determinada cadencia, dos se acopla, lo
sigue tres y otro y otro y otro y otro y
otro más. Protagonista avanza a público mientras los demás siguen recorriendo
el espacio y él comienza a describir su locación, profesión, incertidumbres y
anhelos. Cambio de luces.
Esta multiplicidad de planos permite la presencia de todos
los actores en el espacio, ocupando el lugar de protagonismo aquellos que
hablan, quedando en “modo de espera” (marcando que están “fuera de escena”) los
que están alrededor, en silencio.
Lo mismo sucede con los objetos que se introducen en la
escena. Hay una ironización en cuanto al estado de quietud, de aparente reposo
que tiene lo inanimado. Eso enuncia por oposición a su contrario. De lo que
habla “Hombre quieto” no es más que del permanente movimiento y
cambio de la vida.
-Eros y Tánatos.-
Todo sujeto es dual. Su mundo entero se construye de ello. Dirá
la psicología entonces que hay dentro de él dos pulsiones en constante puja,
apareciendo así las patologías cuando una se sobrepone a la otra. La psiquis
entonces no es más que un equilibrio dinámico pero a la vez frágil entre Eros,
la vida, y Tánatos, la muerte.
Es esta lógica psicologista de un hombre en constante crisis
la que se convierte en el motor principal del texto y que describe al personaje
protagonista como alguien que vive en un mundo donde esta lucha entre dos por
conseguir un punto medio se exacerba tanto que no está sino en constante
movimiento, de un lugar al otro dentro de lo que parece ser un espacio físico
que refleja su psiquis, su universo interno. Es decir, se mueve entre dos
planos dramáticos paralelos: en uno estaría la realidad, en el otro sus
imaginaciones sobre lo real.
Los demás personajes que intervienen están dentro de este
universo dividido, haciendo difícil determinar su procedencia. ¿Son imaginados
por el protagonista o tienen existencia propia? Lo cierto es que se relacionan,
interactúan, se mezclan, conspiran, como si por momentos todos fueran uno.
El trabajo actoral se basa entonces en generar
coreográficamente esa percepción de conjunto o elementos independientes unos de
otros, según la situación, a la vez que caracterizan distintos aspectos de los personajes
a través de sus corporalidades. Como es el caso del protagonista, que con inflexiones
en la voz y el uso de “ademanes” o no, se muestra como un escritor en busca de
su obra maestra o como un hombre simple en un lugar cualquiera.
Son estos dos, cuerpo y texto, los relatos mediante los que
el espectador irá leyendo los sentidos de la obra, aunque cabe destacar el gran trabajo realizado en el lenguaje
lumínico y de vestuario que, además de intervenir directamente en la
efectividad de la puesta, tienen un valor estético por sí mismos.
Dios es el centro, equlibrio y medio por el que todo hombre
se rige, llámese Dios bíblico o Dios teatro. Para trascender a la vida es
necesario morir en sacrificio de santidad. Ciertamente el protagonista morirá
varias veces en escena y esto no hace más que resaltar la existencia en sus
diversos estados. Lo puramente erótico; el sexo. La fe como necesidad; el mito.
Lo afectivo; el/ los otro/s.
Así, esta pintura de “un hombre atribulado” se convierte en
una poética de la vida en tanto estado de transitoriedad permanente donde el
protagonista confesará “creo haber comprendido todo en mi estado de
quietud” y el espectador se quedará con la sensación de haberlo
acompañado como testigo en ese camino que inicia una y otra vez en busca de su
Dios dividido.

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