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viernes, 26 de julio de 2013



-Crítica Teatral.-

"Gallina Roja"
(Fotos de Carolina Niklison)

Ficha Técnica.
Dirección: Juan Berrón
Grupo RES


Vista: 18 de Julio de 2013.-
En el ciclo “Los jueves me quedo en casa”.

-La vida secreta de los cuerpos en el vacío.-

Una transición de luz y el rojizo disco solar se esconde una vez más en el horizonte inamovible. Que sería de él si no hubiera ojos que lo miraran. La oscuridad arriba tras el cósmico evento. Se repetirá innumerable cantidad de veces. El día desapareciendo.  La noche precediéndole. El color rojo. ¿Qué pasa con esos ojos antes obnubilados y ahora sin nada que mirar? Cuerpos poseídos por la anormalidad de músculos en rictus, de accionar espasmódico, al azar. No hay inteligencia visible en esos envases de carne sin hombre. Instintos puros, nada más. El sol los saluda nuevamente por el este. Los encuentra en el mismo lugar de siempre. Ellos no lo notan hasta su partida en el sanguíneo atardecer.

La idea de un tiempo cíclico constante (un día tras de otro) expresada a través del lenguaje lumínico, diferenciando los diferentes momentos del día, poniendo énfasis en el ocaso, se convierte en uno de los detalles estéticos más bellos que tiene la puesta en escena, así como también es uno de los elementos escénico de mayor importancia.
Un cuadrado de líneas intermitentes dibujado en el piso. Dentro él cuatro cuerpos que se mueven y una mujer  que los arenga (y que a veces se desdobla en otro personaje). ¿Quién es ella? ¿Su madre, su hermana o alguien que se encarga de cuidarlos? ¿Dónde están? ¿Un campo, una institución psiquiátrica u otro lugar? Esta intriga que plantea un espacio escénico despojado, sin más elementos que aquellos que manipulan los actores, que no da indicios concretos de una localización llevan al espectador a  jugar a imaginar todos los escenarios posibles donde esto puede suceder.
Los movimientos coreográficos en contraposición a los “no coreografiados” define dos terrenos dramáticos entre los que los actores se mueven, proponiéndole al espectador “oír las dos campanas” de la historia: por un lado, la relación tortuosa de esta mujer (y lo que ella representa)  con esas personas alienadas; por el otro, la vida secreta de esos cuerpos que parecen vacíos pero no lo están.
Es destacable el gran trabajo corporal de los actores que consistentemente dan carnadura a los personajes que gritan sus pesares de muchas formas, casi sin utilizar la palabra, logrando matizar y diferenciar el pasaje de una situación dramática a la otra , donde por momentos se produce una relación de empatía del público con esas corporalidades atravesadas por sus padecimientos, con esa mujer que intenta cuidarlos y que luego se convierte en su “disciplinadora”, mientras que en otros, desde la escena, se pone en crisis el lugar de comodidad del espectador, generando en él la sensación de “peligro”.
La adaptación de la puesta en escena a este nuevo espacio propone desafíos a la hora  de definir algunos detalles: entrada y salida de los actores, la disposición de elementos utilizados, el equilibrio espacial, entre otros. Por lo general, encuentran buena resolución, aunque se deba decidir entre un efecto u otro, como por ejemplo pasa con la ubicación del público que no puede ver todo pero en el trabajo actoral-corporal logra una potenciación de lo sensible en la relación de cercanía con la escena.
Asiste así el espectador a una historia dividida en dos relatos, que cuentan desde lugares diferentes lo improbable, oscuro y trágico de estas vidas, que aunque residen en cuerpos distintos están atadas como si fueran una sola. Los atraviesa el dolor, la incomprensión, el rechazo, el temor, pero sobretodo la violencia de no poder intervenir, detener, curar los errores de la biología.

-Rabia.-
La intertextualidad con el cuento de Horacio Quiroga “La gallina degollada” como primer disparador, dispone el mundo de los personajes, sirviendo así la enfermedad que sufren como eje temático a partir de los cuales la obra metaforiza y va produciendo sentidos.
 A lo largo del tiempo los “insanos mentales” han sido tabú en la sociedad occidental. Escondidos, maltratados, demonizados, objeto de burlas. Con el avance de la ciencia y los siglos, felizmente, todos estos prejuicios han sido abolidos. Esta superación aparece traducida en la corporalidad de los actores que son capaces de danzar coreográficamente y al instante cambian, se tuercen, endurecen, se vuelven lentos, espasmódicos. Trabajan sobre las concepciones de “normalidad” y “anormalidad” históricas que atraviesan a todo ser humano a modo de tesis, de exploración: La capacidad o discapacidad ¿Están en el cuerpo que sufre una disminución, por ejemplo, mental-neurológica o están en el que mira, el afuera?
El cuento de Quiroga funciona como pre-texto narrativo sobre el que la obra avanza linealmente aunque hay una adaptación o recorte de interés del director, por lo cual algunas escenas son originales de este nuevo texto generado escénicamente (texto espectacular).
Agarrar un objeto filoso y contundente.  Hacerlo danzar en el aire. Arremeter contra un árbol con rabia desencajada. Decapitar un animal. Matar una persona. Está todo dentro de las posibilidades. Solo quien lo tome en sus manos decidirá si tienen una escala de gravedad (discernir el bien del mal) o si está todo a un mismo nivel y hacer una cosa o la otra no conlleva mayores consecuencias. Ya no se trata de un padecimiento específico sino de lo primitivamente humano: ser capaz de acariciar pero también de herir.
Los personajes exploran ambas posibilidades, y algunos puntos intermedios, mientras el espectador es introducido en ese mundo de días rápidos y constantes, de saturados atardeceres, pero de una crudeza impensada a la vez que sensiblemente poética, que hacen eco en alguna fibra íntima de su propio cuerpo. 

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