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lunes, 20 de mayo de 2013


-Crítica Teatral: "Deliciosas Criaturas Perfumadas".-
 





Vista: Viernes 10 de Mayo de 2013-Sala: La treinta sesenta y ocho.-

- Los zapatos rojos de Judy, los diamantes de Marilyn, los ojos de Bette.-

Un espacio amplio y totalmente despojado es lugar suficiente para que aparezcan algunos personajes. Se presentan de a uno. Todos ellos vistiendo de negro al principio. Ejecutan movimientos mecánicos, se desplazan por toda la escena, producen tensiones y relajación en su cuerpo a medida que el ritmo musical que los acompaña les da el impulso para hacerlo. La palaba hablada no interviene en este juego. Producen equilibrios y desequilibrios en el lugar que ocupan, y aunque no interactúan todavía no se los puede dejar de percibir por individual pero a la vez en conjunto. La presentación termina. A continuación el color blanco pasa a tener protagonismo mientras dos cuerpos luchan en la cercanía y la distancia, hacen acrobacias, intentan explotar de energía.  Fin de la pelea. De ahora en más los colores brillantes se adueñarán del espacio. Y cual fotografías se sucederán las situaciones, una tras de otra, contando una historia a veces, mostrando una imagen independiente en otras, una postal de viaje o póster de cine clásico.
De eso se trata “Deliciosas criaturas perfumadas”: unir lo visual, auditivo y perceptivo, a partir de extremar esos elementos para dar forma a un espectáculo humorístico, que al igual que el cuerpo de los actores en la presentación,  puede ser percibido desde el fragmento o la totalidad.
Cada cuadro o sketch cómico se configura a partir de una banda de sonido que va desde la música instrumental a canciones cantadas, las que aparecen en mayor medida, dándose  así las situaciones actorales, a veces de a una canción por vez y otras uniéndose varias para formar un bloque, separados ambos casos por un apagón que indica el fin de la situación y el paso a la siguiente. Es precisamente en esa unión de cuadros conformando un bloque donde se desarrollan historias en un sentido más “tradicional” (con principio, nudo, desarrollo y final) que se acostumbra en el teatro de texto.  
Los actores emplean  la fonomímica como registro, esto es, acción mimada a partir de un estímulo musical al tiempo que se sincronizan los labios con la voz del cantante para que parezca que es el actor quien está emitiendo el sonido,  lo que les permite también parodiar la canción, voz grabada o pieza instrumental que les exige un control y precisión corporal, y auditivo importante.
Por otro lado, la actuación se complementa a partir del vestuario, el maquillaje  e iluminación, elementos primordiales sobre los que está anclada la puesta y que terminan de configurarlo como un espectáculo cuyo rasgo principal es la implementación de la estética del transformismo a partir del cual encuentra sus matices, su imaginario y formas.
Pensar este tipo de propuesta escénica en términos de “show de transformismo”  automáticamente lo posicionaría en la vereda de en frente a una acepción culturalmente naturalizada de lo que “el teatro debería ser”, quitándole así toda posibilidad de ser pensada en términos teatrales, cuando en realidad hay algo en su concepción y sobretodo en la realización que está más cerca de esto último que de lo primero.

-Ser o no ser…esa es la cuestión.-
A partir de la segunda mitad del siglo XX en países como Inglaterra y Estados Unidos, primero en uno y luego en otro, se desarrolla un movimiento artístico caracterizado por recuperar imágenes de la cultura popular y de las sociedades de consumo: el Arte Pop o Pop Art,  pasando a ser la materia prima de diferentes expresiones relacionadas a lo artístico, como fue el caso de las artes plásticas, cuyo exponente de más renombre fue sin dudas el estadounidense Andy Warhol.
Así también, se reconocen como hijos directos de esta concepción artística los Drag Queens: hombres que  caracterizan una apariencia femenina con el objeto de expresar una visión artística del mundo. En la actualidad se ha expandido hacia otros países, sobretodo Latinoamérica, aunque ya no está tan presente la idea de  un estamento o concepción de arte, sino que emula a grandes figuras del cine, la televisión y la música desde una actividad performática que se lleva a cabo en boliches, bares, etc.
En cierta forma, la propuesta que Osvaldo Pettinari hace  desde la dirección, tiene que ver con  alguno de esos aspectos del Arte Pop, ya que la elección de la banda sonora, el vestuario  y ciertos personajes que aparecen en escena (como la rubia icono sexual de los años 50 cuyos mejores amigos son los diamantes) no son casuales, que si bien tienen una fuerte relación con la historia de una generación, pertenecen a un imaginario universal, fácilmente reconocible por el colectivo popular. Por eso mismo, los personajes que aparecen en escena son frescos, propios de las situaciones cómicas que se plantean, pero remiten al brillo del cine clásico hollywoodense así como también el nacional.
Con el Drag Queen  comparte el maquillaje, que es fuertemente teatral e inequívocamente remite a un rostro femenino.  En cuanto al aspecto performático, este espectáculo va un poco más allá  al utilizar el medio teatral como forma de condensarse y de llegar a otro público: la puesta no se hace en bares, se hace en una sala de teatro; los actores trabajan con registros y técnicas pertenecientes a la disciplina teatral; la definición del espacio pertenece al teatro (caja blanda a la italiana). En síntesis, el transformismo es utilizado aquí como código que habilita lenguajes y lecturas dentro de una estructura teatral que enmarca la puesta en su globalidad.
Los destellos de glamour acompañados por el humor son el condimento perfecto para este espectáculo que propone visitar lugares, situaciones, personajes imprevisibles, que juega con un mundo nuevo con guiños del que todos conocemos  y se asegurarán que lo recorramos deliciosamente en tanto ese viaje de placer dure.

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