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miércoles, 22 de mayo de 2013


-Crítica Teatral: "La mirada en el agua".-



Vista: 12 de Mayo de 2013- La treinta sesenta y ocho.-

-Un acto de fe.-
Y entonces Dios dijo a Noé que construyera un arca, que reuniera una pareja de cada especie  y que esperara dentro de ella junto con su familia, puesto que  dejaría caer sobre la tierra el gran diluvio durante cuarenta días y cuarenta noches, cubriéndola completamente de agua. Así fue como sucedió una de las epopeyas más conocidas por el hombre, relatadas desde la antigüedad hasta nuestros días. Quién diría que milenios después, en otro tiempo, en otro lugar, la lluvia caería cuantiosa nuevamente,  haciendo que el río se levantara y abrazara una ciudad entera, llevándose todo lo que encontrara a su paso, justo cuando cualquiera podría pensar que este tipo de cosas ya no pasaban. Otra epopeya llamada Inundación.
En la tradición cristiana el número cuarenta se relaciona con un viaje encomendado por Dios al hombre o hecho como sacrificio de santidad: el exilio de Jesucristo antes de su crucifixión o cuaresma;  el éxodo del pueblo judío de Egipto que duró cuarenta años; el anteriormente nombrado diluvio universal, entre tantos otros ejemplos. Se lo conoce así como el “número del héroe” puesto que quien emprende esta travesía transforma completamente el significado de su vida.
Cuarenta son los años que está celebrando el“Equipo Teatro Llanura”, presentando para la ocasión una puesta en escena a cargo de Sandra Franzen,  con texto de Jorge Ricci (integrante de la primera hora de este grupo) llamado “La mirada en el agua”.
Una especie  de máquina del tiempo híbrida (parte silla de ruedas, parte bicicleta) será el dispositivo a partir del que los personajes de esta obra escriben  una línea de tiempo del pasado al presente, desde su trayectoria como actores a la amenaza de la inundación, mientras cruzan la ciudad de norte a sur para constatar ellos mismos lo que pasa.
Como en una encrucijada, el agua los acorrala antes de que puedan cumplir con su objetivo, pero ellos, fieles a su estilo, irán contra la corriente hasta las últimas consecuencias.
Mirar sobre el hombro para ver lo que  se deja en el camino es comparable a la metáfora poética de beber de la fuente de la memoria. Esta, como retazos unidos a través de un texto contarán una historia, que será necesariamente, el recuerdo personalizado de quien la escribe y a  su vez compartida por todos aquellos que participaron de los hechos antes de pasaran a formar parte del “pasado”, sea hace cuatro décadas o tan solo diez.
Toda historia que se torna legendaria cuenta con una tradición que la respalda y la sustenta. Pero en esta época, donde se dice que los grandes relatos de la humanidad ya no existen porque el hombre ha logrado avanzar sin ellos es decisión de cada quien alejarse de lo tradicional para perseguir vertiginosamente lo innovador, o por el contrario reivindicar aquello en lo que se cree fervientemente  aunque a veces eso genere más interrogantes de los que se puedan contestar.
Hablar desde la memoria, reconstruirla, conlleva un enorme compromiso, para con los demás, para consigo mismo,  una deuda que necesita saldarse con lo que se siente que se está perdiendo o con lo que se debería evitar que suceda nuevamente.

-…Un canto que se llame la mirada en el agua…-
Actores y personajes se cruzarán todo el tiempo en un texto que los compromete en su fibra más íntima, sin la cual, los sentidos que se ponen en juego en la puesta se verían parcial o totalmente anulados. En otras palabras, la poética de viaje que  se propone es efectiva y potente en tanto no solo hay actores componiendo  un personaje sino que además trabajan desde un recorte de sensibilidades extrapoladas de sus afectos, su paso por el equipo teatro llanura y su relación actual con este, dándole así una carnadura que permite notar ese ida y vuelta entre lo personal y lo dramático.
La inundación como el relato que tensiona los sentidos de la obra funciona, por un lado, cómo metáfora de la pérdida inminente de un estado de cosas  (el movimiento independiente santafesino) que se ven amenazadas por una fuerza natural que avanza irrefrenablemente como el agua del río adentrándose en la ciudad (nuevas tendencias teatrales), a la que se puede poner resistencia pero que tarde o temprano terminará por acorralar lo que se intenta proteger, y por el otro, como referencia a un hecho real que contextualiza espacio temporalmente a la obra: ciudad de santa fe, año 2003.
La escena está dividida en dos planos: uno elevado y el otro a piso, sobre el que se sitúan, respectivamente,  lo que por momentos será un escenario habitado por puestas en escena anteriores del grupo como también personajes y actores que aún viven en él, y las calles de la ciudad cada vez más desolada en las que los protagonistas irán al encuentro de sí mismos y del agua.
 Desde este punto se genera una coreografía de movimientos escénicos donde el Gordo y Tere, establecen linealmente el avance y el retroceso  en el espacio de la silla de ruedas/bici como el adelante y atrás del tiempo, es decir, pasado y presente, desarrollando conjuntamente la imagen de la venida del río sobre la ciudad. A su vez, Tito, se mantiene en rededor y marca un semicírculo uniendo los laterales con el foro a una dinámica más lenta, interactuando oportunamente con los otros. Estas direccionalidades y ritmos diferentes establecen dos tiempos internos en la obra: uno de reflexión, en el que se ancla la memoria y otro de construcción escénica, disposición del terreno dramático
Viajarán en esa máquina del tiempo, que también se convierte en arca, rescatando cada uno de esos años cumplidos, cada persona que pasó por el grupo, para que no sean arrastrados por la corriente de lo nuevo. Les aparecen algunos interrogantes: “¿Contamos lo que teníamos que contar?” “¿Contamos cosas que solo nos importaban a nosotros?”. Una sola reflexión surge como respuesta parcial : “El teatro es como los aviones: una velocidad absurda a una altura absurda”.
Estos personajes toman la ciudad como escenario donde ensayan su propia epopeya, su tragedia griega, su Hamlet shakesperiano. Son transformados por el milagro del teatro en testigos, memoria viva que hace justicia y que con autoridad interpela el presente. Aceptan la encrucijada, los años e incluso la pérdida, desarman la máquina del tiempo pero no dejan de navegar sobre la corriente que intenta llevarlos. Comprenden al fin que la supervivencia no depende de luchar contra lo otro sino de celebrar lo que todavía perdura.

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