-Crítica Teatral: "La mirada en el agua".-
Vista: 12 de Mayo de 2013- La treinta sesenta y ocho.-
-Un acto de fe.-
Y entonces Dios dijo a Noé que construyera un arca, que
reuniera una pareja de cada especie y
que esperara dentro de ella junto con su familia, puesto que dejaría caer sobre la tierra el gran diluvio durante
cuarenta días y cuarenta noches, cubriéndola completamente de agua. Así fue
como sucedió una de las epopeyas más conocidas por el hombre, relatadas desde
la antigüedad hasta nuestros días. Quién diría que milenios después, en otro
tiempo, en otro lugar, la lluvia caería cuantiosa nuevamente, haciendo que el río se levantara y abrazara
una ciudad entera, llevándose todo lo que encontrara a su paso, justo cuando cualquiera
podría pensar que este tipo de cosas ya no pasaban. Otra epopeya llamada
Inundación.
En la tradición cristiana el número cuarenta se relaciona
con un viaje encomendado por Dios al hombre o hecho como sacrificio de
santidad: el exilio de Jesucristo antes de su crucifixión o cuaresma; el éxodo del pueblo judío de Egipto que duró
cuarenta años; el anteriormente nombrado diluvio universal, entre tantos otros
ejemplos. Se lo conoce así como el “número del héroe” puesto que quien emprende
esta travesía transforma completamente el significado de su vida.
Cuarenta son los años que está celebrando el“Equipo Teatro Llanura”, presentando
para la ocasión una puesta en escena a cargo de Sandra Franzen, con texto de Jorge Ricci (integrante de la primera
hora de este grupo) llamado “La mirada
en el agua”.
Una especie de
máquina del tiempo híbrida (parte silla de ruedas, parte bicicleta) será el
dispositivo a partir del que los personajes de esta obra escriben una línea de tiempo del pasado al presente,
desde su trayectoria como actores a la amenaza de la inundación, mientras
cruzan la ciudad de norte a sur para constatar ellos mismos lo que pasa.
Como en una encrucijada, el agua los acorrala antes de que
puedan cumplir con su objetivo, pero ellos, fieles a su estilo, irán contra la
corriente hasta las últimas consecuencias.
Mirar sobre el hombro para ver lo que se deja en el camino es comparable a la
metáfora poética de beber de la fuente de la memoria. Esta, como retazos unidos
a través de un texto contarán una historia, que será necesariamente, el recuerdo
personalizado de quien la escribe y a su
vez compartida por todos aquellos que participaron de los hechos antes de pasaran
a formar parte del “pasado”, sea hace cuatro décadas o tan solo diez.
Toda historia que se torna legendaria cuenta con una
tradición que la respalda y la sustenta. Pero en esta época, donde se dice que
los grandes relatos de la humanidad ya no existen porque el hombre ha logrado
avanzar sin ellos es decisión de cada quien alejarse de lo tradicional para
perseguir vertiginosamente lo innovador, o por el contrario reivindicar aquello
en lo que se cree fervientemente aunque
a veces eso genere más interrogantes de los que se puedan contestar.
Hablar desde la memoria, reconstruirla, conlleva un enorme
compromiso, para con los demás, para consigo mismo, una deuda que necesita saldarse con lo que se
siente que se está perdiendo o con lo que se debería evitar que suceda
nuevamente.
-…Un canto que se
llame la mirada en el agua…-
Actores y personajes se cruzarán todo el tiempo en un texto
que los compromete en su fibra más íntima, sin la cual, los sentidos que se ponen
en juego en la puesta se verían parcial o totalmente anulados. En otras
palabras, la poética de viaje que se propone
es efectiva y potente en tanto no solo hay actores componiendo un personaje sino que además trabajan desde
un recorte de sensibilidades extrapoladas de sus afectos, su paso por el equipo
teatro llanura y su relación actual con este, dándole así una carnadura que permite notar
ese ida y vuelta entre lo personal y lo dramático.
La inundación como el relato que tensiona los sentidos de la
obra funciona, por un lado, cómo metáfora de la pérdida inminente de un estado
de cosas (el movimiento independiente
santafesino) que se ven amenazadas por una fuerza natural que avanza
irrefrenablemente como el agua del río adentrándose en la ciudad (nuevas
tendencias teatrales), a la que se puede poner resistencia pero que tarde o
temprano terminará por acorralar lo que se intenta proteger, y por el otro, como referencia a un hecho real
que contextualiza espacio temporalmente a la obra: ciudad de santa fe, año
2003.
La escena está dividida en dos planos: uno elevado y el otro
a piso, sobre el que se sitúan, respectivamente, lo que por momentos será un escenario habitado
por puestas en escena anteriores del grupo como también personajes y actores que aún
viven en él, y las calles de la ciudad cada vez más desolada en las que los protagonistas
irán al encuentro de sí mismos y del agua.
Desde este punto se genera
una coreografía de movimientos escénicos donde el Gordo y Tere, establecen linealmente el
avance y el retroceso en el espacio de la silla de ruedas/bici como el
adelante y atrás del tiempo, es decir, pasado y presente, desarrollando conjuntamente
la imagen de la venida del río sobre la ciudad. A su vez, Tito, se mantiene en
rededor y marca un semicírculo uniendo los laterales con el foro a una dinámica
más lenta, interactuando oportunamente con los otros. Estas direccionalidades y
ritmos diferentes establecen dos tiempos internos en la obra: uno de reflexión,
en el que se ancla la memoria y otro de construcción escénica, disposición del
terreno dramático
Viajarán en esa máquina del tiempo, que también se convierte
en arca, rescatando cada uno de esos años cumplidos, cada persona que pasó por el
grupo, para que no sean arrastrados por la corriente de lo nuevo. Les aparecen
algunos interrogantes: “¿Contamos lo que teníamos que contar?” “¿Contamos cosas
que solo nos importaban a nosotros?”. Una sola reflexión surge como respuesta parcial : “El teatro es como los aviones: una
velocidad absurda a una altura absurda”.
Estos personajes toman la ciudad como escenario donde ensayan
su propia epopeya, su tragedia griega, su Hamlet shakesperiano. Son
transformados por el milagro del teatro en testigos, memoria viva que hace
justicia y que con autoridad interpela el presente. Aceptan la encrucijada, los
años e incluso la pérdida, desarman la máquina del tiempo pero no dejan de
navegar sobre la corriente que intenta llevarlos. Comprenden al fin que la
supervivencia no depende de luchar contra lo otro sino de celebrar lo que
todavía perdura.

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