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martes, 14 de mayo de 2013



-Crítica Teatral: “Los viejos que supimos conseguir”-



Vista:   Sábado 4 de Mayo de 2013- Loa espacio Proarte.-
-Las edades de una vida.-

Ante un momento de soledad, Raquel decide sacarse la ropa que siente trae puesta hace siglos, como resabio de toda una vida. Lo hace con lentitud, sin tiempo, porque a ese ya lo tiene todo. Primero, los zapatos. Deja caer la pollera después. Se desabotona luego la camisa no sin que esto le signifique algo de dificultad por su mano derecha atrofiada por la artrosis. Se suelta el pelo. Queda expuesta, en camisón. De espaldas a cualquier mirada. Ahora ella misma es atemporal. Un cuerpo como una casa habitada. Camina hacia el perchero. Recoge algo. Es un vestido blanco, que aprieta contra si con ternura. ¿Se está por casar? ¿Quién es el novio? le pregunta una voz sin dueño. Ella no sabe responder. Se sienta en la mecedora y se duerme, acurrucada por sus melancolías. Ángela llega. La encuentra dormida. Teme por su amiga. Raquel despierta. Ellas ríen juntas. Será a partir de ese momento en que descubrirán que el haberse encontrado no fue casual. Ni sus miedos, sueños y recuerdos lo son. Descubrirán que, tal como lo dice Raquel, “en un día se cumple el ciclo de toda una vida”.
Será a partir de esa premisa que se construye “Los viejos que supimos conseguir”: el reencuentro de dos viejas amigas, Ángela y Raquel, ya en sus años dorados, con el peso de una vida sobre sus hombros, sumado el pesar que sienten al verse excluidas y maltratadas  por una sociedad que hace de lo que debería ser la mejor de sus épocas, una pesadilla.
Ángela ha sido una mujer que no solo ha sabido conseguir siempre lo que quiso, sino que además supo lidiar con todo aquello que no le ha sido favorable. La risa es su arma más eficaz. Su seguridad en sí misma su mayor fortaleza. La vida la llevo por muchos caminos pero siempre supo adaptarse y encontrar la forma de seguir adelante, cómo ahora, que lidera las protestas y organizaciones de jubilados que reclaman por lo que es justo para ellos o como ella misma dice “esto no es pedir, es justicia”.
Raquel, por otro lado, ha sido siempre una soñadora, una mujer abatida por los avatares de su existencia, pero que en el fondo siempre guarda la esperanza de alcanzar todo aquello que anhela. Reconciliarse con el pasado es su mayor deuda y es a lo único que no se piensa resignar, a saldar sus cuentas antes de partir. La espiritualidad se ha convertido en su sostén. Su espíritu fuerte y libre es lo único que jamás podrán quitarle.
La vida entera de estas dos mujeres se recortará en un día cualquiera en el que el destino causalmente (que no es lo mismo que casualmente) las volverá a unir para que puedan descubrir, al final, que a pesar de haber desandado diferentes senderos, han llegado al mismo lugar.
Las dos escapan. Sufren el abandono. La pérdida del amor. Anhelan fervientemente. Guardan deudas y rencores con el pasado. Temen a la muerte. Ambas se complementan, se sostienen y se modifican. Llegaron hasta acá sabiendo que no queda mucho para el fin, pero a partir de este día, que parecía ser como cualquiera, sabrán que no todo tiempo pasado fue mejor y que ciertamente no todo está escrito.

-Recrear. Resinificar. Reencarnar.-
La puesta que proponen Julio Beltzer y María Eugenia Ludueña en la dirección sobre el texto de María Luisa Rubertino tiene un fuerte anclaje en la textualidad, que es desde donde, principalmente, se desprenden el relato y los sentidos de la obra, y a partir de ahi, intervienen  lo corporal y el mundo sensible de la historia.
Es desde las anécdotas que desarrollan los personajes que se van develando las historias personales así como también el contexto social-temporal-espacial en el cual sucede la obra, sobre el que se hace una re-contextualización a la ciudad de santa fe y a la actualidad argentina, mientras que el original fue escrito en la década del 80 en buenos aires.
 A pesar de esta distancia los conflictos que abarca son contemporáneos por lo que son fácilmente trasladables al día de hoy: el lugar de los adultos mayores en la sociedad, el trato hacia ellos, sus derechos, sus aflicciones, sus padecimientos, la terrible pregunta que los circunda y de alguna manera los define ¿a dónde pertenecemos si ya no somos útiles para la sociedad, nuestra familia, nuestro entorno? ¿Qué nos queda esperar más que la muerte cuando ya se es viejo?
Será este “relato de la vejez” sobre el que los personajes ahondarán y en el que las actrices imprimirán un ritmo, sensaciones y destellos de juventud, en una escena que reúne espacios cotidianos como una sala de estar con sus muebles, con iluminación acorde, modificándose solo para los momentos de retrospectivas, acompañándolos con música incidental, como la ópera y el bolero,.
“¿Cuál es el único animal que de día camina en cuatro patas, a la tarde en dos, y a la noche en tres?” Ese fue el enigma que la esfinge le preguntó a Edipo a la llegada de este a las puertas de Tebas en la tragedia de Sófocles “Edipo Rey”.
El destino para los griegos era irrefutable, irrefrenable, ineludible. Era parte del ciclo de la vida de todo mortal en esta tierra. Nacer, crecer, morir… ¿Y en el medio qué? ¿Esas tres cosas son lo único que tenemos o podemos tener?
Ángela y Raquel saben la repuesta a ese enigma. Saben que el hombre es ese animal del que la esfinge hablaba. Se reconocen a ellas mismas en ese círculo de la vida. Saben del destino, pero ¿hay tragedia posible para dos mujeres que descubren que todo lo que les pasó fue producto de sus propias decisiones y no de una fuerza externa? Entonces lo que comenzó como una suma de circunstancias que ya no se pueden subsanar abrirán la puerta a un nuevo comienzo, que no borra el pasado pero que lo pone en su lugar, ayer, dejando totalmente libre el hoy y el mañana.
En un día la vida se recrea como lo hacen ellas a través de sus recuerdos. En un instante su existencia se resignifica por la certeza que da luchar para proseguir. Ángela y Raquel reencarnan, sin abandonar su cuerpo, abrazándose completamente a él. A partir de hoy…solo importa hoy.

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