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miércoles, 30 de octubre de 2013


-Crítica Teatral.-

"Los Puros (una noche de amor) "

Vista: jueves 1 de agosto de 2013.- Sala Cervantes- Centro Cultural ATE Casa España.
En el ciclo “Los Jueves me quedo en casa”.

Hasta el último suspiro.-

La espera es una cualidad humana; en ninguna parte de la naturaleza existe tal cosa. Su completa existencia se basa en la postergación de lo anhelado, de la felicidad, de la libertad, de los deseos. Por lo tanto es una construcción cultural. Es así que en algunos casos la vida misma se convierte en la prolongación del tiempo antes de la llegada de la última exhalación. Cualquier intento de acortar esa espera es un pecado contra la humanidad entera, no importa la situación, ni los argumentos, es un acto prohibido.
“Los puros-una noche de amor-” es una imaginación en formato teatral en torno a un hombre y una mujer a los que las atrocidades de la vida ha llevado a sentir que cada momento es una espera  interminable,  la que afrontan teniendo como único sostén el amor mutuo, aunque al final  lo único por lo que pedirán será por libertad.
Es esta espera (planteada como intriga) la que genera el avance lineal de la historia, donde aparecerán sus recuerdos, fotografías de su vida cotidiana, momentos de profunda sensibilidad e ironía.
Estéticamente, la obra se desdobla de lo real a lo astral u onírico, es decir, propone escénicamente dos planos: en uno viven  él y ella; en el otro un personaje “de humo”, el cual los circunda sin que ellos lo sepan.
De manera similar a los de Roberto Arlt en “300millones”, la función de este personaje es la de intervenir para enfatizar las emociones de los otros en determinadas situaciones, siendo su característica más importante referenciar a mundos externos al de esta obra, o lo que se conoce comúnmente como intertextualidad.
Una (entre tantas)  de las referencias que el público podría hacerse sobre este personaje está en las leyendas al norte de Europa, en Irlanda más precisamente,  donde  hay relatos de una entidad espectral a la que se le atribuye la capacidad de anunciar el peligro e incluso la muerte con su canto; se lo llama “Banshee”.
Cuando la vida pierde sentido el ser humano ve como toda lógica se desintegra poco a poco. La cabeza, que no tiene respuestas, busca su válvula de escape y es allí donde aparece el mundo de los sueños o de las fantasías. La irracionalidad del dolor tanto físico como espiritual prolongado que sufren él y ella es lo que habilita dramáticamente a ese personaje de humo y a ese plano que viene con él a aparecer.
La integración de este elemento disparador de sentidos es interpretado por una cantante en vivo, siendo trabajado tanto desde la corporalidad de la vocalista en la forma de trasladarse por el espacio hasta  el vestuario y el maquillaje. Al mismo tiempo, a nivel escénico, es un elemento disruptivo, es decir, instala con su presencia un nuevo tiempo, espacio,  juego, etc. que corta con la linealidad con la que se venía desarrollando anteriormente la historia aunque su efecto es el de acentuar el clima dramático generado hasta el momento de su aparición. La iluminación y el sonido la acompañan ya que son utilizados para hacer presente el antes mencionado plano astral u onírico.
Visualmente, los tonos rosa y verde de la iluminación transmiten un espacio con bruma, vaporoso, por momentos asfixiante, hostil, mientras que los sonidos agudos, acompasados, generan tensión, expectativa, miedo. La aplicación del maquillaje encuentra buena resolución a pesar de pequeños detalles relacionados a la disposición espacial: por la cercanía del público a veces se percibe el maquillaje como artificio mientras que la intención es claramente la contraria.
La voz potente de la cantante hace vibrar el cuerpo del espectador y a medida que la obra transcurre, su semblante de belleza se convierte en amenazador, por lo que el público puede presentir que, al igual que el Banshee de la mitología, su canto es un anuncio trágico.
Por otro lado los actores generan diversos climas a través del buen manejo del ritmo textual lo que transmite al espectador la sensación y el peso de la espera, al tiempo que enfatizan algunos rasgos de sus personajes: en él, su paciencia y devoción; en ella, su fortaleza e ironía.
 Mientras que el trabajo del actor logra condensar los aspectos sensibles  del texto a través de  las imágenes en los relatos que desarrolla a lo largo de la obra,  la actriz consigue maravillosamente la corporalidad de una mujer postrada  a la vez que matiza los diálogos con inflexiones en la voz respondiendo a veces con dulzura para luego dar paso a la mordacidad y acidez en su decir.

Correr del eje el prejuicio sobre una práctica prohibida culturalmente y acentuar lo dramático en una poética de la espera producen en el espectador ternura y compasión pero también momentos de gran crudeza; una experiencia que confronta los cimientos morales altamente arraigados de toda una  sociedad, haciendo mella en cada persona del público que llega a preguntarse  “si acaso fuera yo quien estuviera en ese lugar ¿no sería justo mi pedido de libertad?”. Es entonces, hacia el final, cuando el mayor efecto sucede: el entendimiento.

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